Vigilancia doméstica de señales después del 11 de septiembre,

por Jorge Mata y Peter Turner

 

 

1  Autoridad para conducir acciones por militares federales sin autorización del legislativo

 

Los críticos de la administración Bush sostienen que “[e]stá meridianamente claro que controlar las comunicaciones de un ciudadano de Estados Unidos en el interior del país sin autorización judicial previa es ilegal, según una ley de 1978” [1]. Añaden que “[e]l vicepresidente Dick Cheney acaba de rubricar todo esto: se trata de recuperar los poderes del presidente erosionados desde la guerra de Vietnam y del Watergate. Lo prueba el último escándalo, el de las escuchas telefónicas sin control ni judicial ni parlamentario. [...] ¿No nos están llevando ya a una Edad Oscura?” [2]. Estas aseveraciones y preguntas van a ser comentadas aquí.

 

El programa secreto desvelado en un artículo de The New York Times [3] en diciembre de 2005 contempla la vigilancia temporal de señales (por ejemplo, e-mails, mensajes de teléfonos móviles, conversaciones telefónicas) que tengan por origen o destino territorios no de los EE UU. Vamos a excluir, por ello, la vigilancia de señales completamente iniciadas y desarrolladas en el interior de territorios jurisdicción de los EE UU. Por supuesto, al tratar de recogida de señales, excluimos de este análisis el estudio de registros de domicilios en el interior de tales territorios.

 

Vayamos directamente a la fuente, la Constitución federal [4]. El Congreso federal (compuesto de una Cámara de Representantes y un Senado) tiene ciertas competencias al respecto, como, por ejemplo, dotar de fondos a los departamentos militares del ejecutivo de los EE UU (artículo II, octava sección):

 

1. El Congreso tendra facultad: Para establecer y recaudar contribuciones, impuestos, derechos y consumos; para pagar las deudas y proveer a la defensa común y bienestar general de los Estados Unidos; [...].

 

11. Para declarar la guerra [...].

 

12. Para reclutar y sostener ejercitos [...]. [ortografía del original]

 

 

Sin embargo, la conducción de las operaciones militares no es competencia del Congreso o cualquier otro cuerpo. El artículo II confiere a un cargo civil electo, de mandato temporal, aunque renovable, la dirección de las fuerzas armadas federales (otras fuerzas pueden ser federalizadas temporalmente): el presidente de la unión. Según el artículo II, segunda sección:

 

1. El Presidente será comandante en jefe del ejercito y la marina de los Estados Unidos y de la milicia de los diversos Estados cuando se la llame al servicio activo de los Estados Unidos; [...].[ortografía del original]

 

 

En opinión común de los que redactaron el proyecto de la constitución en 1787 [5]:

 

De todas las ocupaciones del gobierno, la dirección de la guerra es la que más claramente demanda aquellas cualidades que diferencian el ejercicio del poder por una sola mano. [Alexander Hamilton, The Federalist no. 74, 1788]

 

 

Varios precedentes históricos confirman las capacidades del presidente federal cuando actúa como comandante en jefe. Así, por ejemplo, según sentencia de la Corte Suprema de los EE UU, “el Presidente no sólo está autorizado sino obligado a resistir la fuerza con la fuerza [...] sin esperar ninguna autoridad legislativa especial” en caso de guerra [6] (en esta sentencia, se trataba acerca de la invasión de la nación, o rebelión de los estados de la unión). Es decir, el presidente federal tiene autoridad independiente para repeler actos de agresión de terceros, sin autorización legislativa directa, y los tribunales tendrán fuertes limitaciones para revisar el nivel de fuerza empleado. Aludiendo a esa sentencia de la Corte Suprema, el juez Silberman en Campbell v. Clinton, 2000 [7], en caso llevado ante el tribunal de apelación del Distrito de Columbia, sostiene que los tribunales no tendrán autoridad para tal revisión.

 

Esta sentencia [6] es muy importante, porque los peticionarios alegaban que era insuficiente la autoridad del presidente federal para imponer un bloqueo (que es un acto de guerra) a los estados que se separaban de la unión debido a que el Congreso de los EE UU no había declarado la guerra a la Confederación. La Corte Suprema, reconociendo que el Presidente no “tiene poder para iniciar o declarar una guerra”, sostuvo que “la guerra puede existir sin una declaración por cada lado”. A esto hay que unir lo ya dicho sobre estar obligado a combatir sin esperar que el Congreso declare la guerra o dé autorización expresa.

 

 

2  Autoridad para prevenir ataques y comunicaciones al Congreso

 

No es nada nuevo el terrorismo no apoyado en una nación reconocida por los demás. La resolución del Congreso sobre poderes de guerra (War Powers Resolution [8]) establece que “[l]os poderes constitucionales del Presidente como comandante en jefe para introducir las fuerzas armadas de los Estados Unidos en hostilidades [sólo puede ejercerse por] (1) declaración de guerra [que es competencia del legislativo], (2) autorización legal específica, o (3) la emergencia nacional que crea un ataque contra los Estados Unidos, sus territorios o posesiones, o sus fuerzas armadas”.

 

Al margen de que acciones anteriores a la presidencia Bush, como la campaña en Kosovo, no contaron con autorización expresa del Congreso, por lo que es posible imaginar acciones sin su apoyo expreso, el caso de ataques como los del 11 de septiembre de 2001 por organizaciones como al-Qaeda queda recogido en el anterior punto (3). La posterior autorización expresa del 18 de septiembre de 2001, que se suele nombrar como AUMF (Authorization for Use of Military Force) [9], establece que

 

el Presidente tiene autoridad bajo la Constitución para tomar acción para detener y prevenir actos de terrorismo internacional contra los Estados Unidos

 

sin aludir a leyes federales, sino a la autoridad conferida por la Constitución. También establece que los ataques del 11 de septiembre

 

hacen necesario y apropiado que los Estados Unidos ejerzan sus derechos de autodefensa y protegan a los ciudadanos de los Estados Unidos en el interior y en el exterior”.

 

 

Hay varias fuentes legales, por tanto, que indican que el jefe del ejecutivo puede combatir con la fuerza acciones contra los EE UU, sean exteriores (los piratas berberiscos en el mediterráneo, principios del siglo XIX) o interiores (guerra de secesión, en los 1860), sin declaración de guerra y sin supervisión judicial, si bien la práctica democrática “exige” supervisión legislativa (consultas con congresistas y comunicaciones a los comités competentes, por ejemplo, en contra de lo afirmado en [2]). Estas medidas de prevención incluyen la detención de personas, toma de prisioneros, o registros y requisas, no por parte de los agentes del ejecutivo que auxilian a los tribunales, sino como acciones tomadas por el jefe de las fuerzas armadas (federales o federalizadas).

 

Todos los tribunales federales de apelación que hasta ahora han tocado el tema de las vigilancias sin orden judicial para asuntos de inteligencia extranjera dentro de los EE UU (es decir, tribunales de al menos cuatro jurisdicciones federales de nivel superior de las ocho que hay), han reconocido la autoridad constitucional inherente al Presidente para ordenar tales vigilancias. El tribunal de apelación para los casos de FISA (luego comentamos sobre FISA y sus tribunales) dijo al respecto de los registros (no ya vigilancia de señales) en 2002 que

 

todos los otros tribunales que han decidido sobre el asunto [han sostenido] que el Presidente tenía la autoridad inherente para llevar a cabo registros sin orden para obtener información de inteligencia extranjera [...]. Damos por supuesto que el Presidente tiene tal autoridad [...] [10]

 

 

En lo que se refiere a las consultas con congresistas, en vez de una notificación oficial previa a la ejecución de órdenes del Comandante en Jefe, hay sentencias de la Corte Suprema que mencionan precedentes. Por ejemplo, en 1941, después de marcharse los británicos de Islandia para apoyar los esfuerzos de guerra del Reino Unido, fuerzas de los EE UU ocuparon la isla para impedir que fuera atacada por fuerzas del Eje. Se notificó al Congreso el mismo día que las tropas llegaban allí (Chief Justice Vinson, Justice Reed & Justice Minton, dissenting, [11]).

 

Este fue un caso de acción no completamente urgente, ya que nadie había atacado Islandia en al menos semanas, pero pareció en su momento de sentido común que un debate público en el Congreso para autorizar el envío de una fuerza armada sería un aviso a las potencias del Eje de que no había tropas en marcha para proteger la isla y que, a consecuencia de ese aviso, la paz se vería amenazada, ya que las potencias se podrían sentir “invitadas” a ocupar Islandia.

 

 

3  Vigilancia con y sin orden judicial. FISA

 

Se considera que la prescripción de una enmienda constitucional sobre registros no tiene casi excepciones en el interior de los EE UU. La cuarta enmienda establece que [4]

 

El derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosimil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas. [ortografía del original]

 

 

Declarando que el standard de “arbitrariedad” (“against unreasonable searches and seizures” en el original) es primordial en esta enmienda, múltiples veces se ha aceptado registros sin autorización en la Corte Suprema: Chimel v. California (1969) [12], o, yendo hacia atrás, Terry v. Ohio (1968) [13], McDonald v. United States (1948) [14], Carroll v. United States (1925) [15]. Pero no vamos a discutir estos casos domésticos, sino que nos vamos a ceñir a la vigilancia de señales y al caso en que las comunicaciones se originan o terminan en el exterior del país, que es el caso, inter alia, del que tratan [1] y [2].

 

Lo que [1] refiere como “una ley de 1978” es la Foreign Intelligence Surveillance Act (FISA, 1978, [16]). En el caso comentado antes que llevaba uno de los tribunales creados por esa ley (FIS Court of Review), se estableció como claramente reconocida la autoridad constitucional del Presidente para ordenar vigilancia en casos de inteligencia exterior, incluso dentro del país. Ejemplos: escucha de comunicaciones de embajadas, movimientos de su personal por el país, escucha de ciudadanos de los EE UU vigilados por espionaje.

 

Los tribunales FISA no son secretos, sino que sus deliberaciones no se comunican a los afectados de forma que no pueden apelar los registros ordenados, salvo después de terminadas las investigaciones o etapas de las mismas. Los once magistrados que componen FISC (FIS Court, también llamado FISA Court) son nombrados públicamente por el presidente del Tribunal Supremo, tomados de entre siete distritos judiciales federales (así se evita concentración excesiva de jueces con relación muy frecuente). Además, otros tres magistrados son designados públicamente para revisar las apelaciones contra las decisiones de esos once anteriores (esto es, FIS Court of Review o FISCR, común aunque incorrectamente conocido como FISA Court of Review). El presidente del Tribunal Supremo es uno de los depositarios de las deliberaciones y decisiones tomadas por esos magistrados. El número de supervisiones y garantías que han previsto los legisladores es muy alto, de forma que reciben documentación varios comités parlamentarios de inteligencia y defensa.

 

Expresamente, una sentencia de la Corte Suprema en 1972 establece como obligada la supervisión judicial para un caso en el que un grupo pequeño de ciudadanos de los EE UU intentan derribar el gobierno federal, y juzga que [17]:

 

(a) la obligación del gobierno de salvaguardar la seguridad doméstica debe sopesarse con el potencial peligro que las vigilancias no razonables supongan para la privacidad individual y la libre expresión (ib., p 314-315)

 

(b) las libertades de la cuarta enmienda no se pueden garantizar apropiadamente si las vigilancias de seguridad domésticas se conducen solamente según el criterio del poder ejecutivo sin el juicio no comprometido de un magistrado neutral.

 

 

Claramente, la posibilidad de actuar se ve constreñida si no hay un estado de guerra: a falta de suficiente número de implicados, a falta de organización cuasi militar, a falta de una declaración de secesión, en disputas domésticas debe haber, como norma general, examen de un funcionario neutral (es decir, un miembro de la judicatura).

 

Sin embargo, como hemos visto, no es necesaria la declaración del Congreso de tal guerra, basta con que, por así decir, la haya de facto por un ataque, por citar un ejemplo. La disputa actual sobre los poderes del Ejecutivo federal, en gran medida, se debe a la división de opiniones entre los lados del espectro político: los republicanos creen estar en una guerra y reclaman los medios, tratamientos y enfoque característicos de la misma; los demócratas defienden que se puede llevar la lucha contra al-Qaeda mediante tribunales y extradiciones y reclaman el abandono de lo que Fidel Castro ha llamado [18], con motivo de la muerte de al-Zarqawi, “ese tipo de actitud”. Por eso, [2] hace referencia “[a]l último escándalo, el de las escuchas telefónicas sin control ni judicial ni parlamentario”. Ya hemos comentado que hay múltiples precedentes, algunos de los cuales se remontan a la fundación de la república. Algunos casos se discuten en un artículo de Robert F Turner [19]:

 

Ante todo, los Padres Fundadores sabían por experiencia que el Congreso no podía mantener secretos. En 1776, Benjamin Franklin y sus cuatro colegas del Comité de Correspondencia Secreta (Committee of Secret Correspondence) concluyeron unánimemente que no podían comunicarle al Congreso Continental la asistencia que Francia daba a la Revolución Americana, porque “vemos por fatal experiencia que el Congreso tiene demasiados miembros para mantener secretos”.

 

Mientras la Constitución se estaba ratificando, John Jay –el más experimentado diplomático de América y la primera elección de George Washington para ser secretario de estado– escribió [Federalist no. 64] que habría casos en los que podría obtenerse “la más útil inteligencia” si las fuentes foráneas pudieran ser “aliviadas de su angustia de ser descubiertas”, y notó que había muchos “que podrían apoyarse en el secreto del presidente, pero que no confiarían en el del Senado”. Alabó a continuación la nueva Constitución por distribuir los poderes para asuntos del exterior de forma que el presidente fuera capaz de “gestionar el asunto de la inteligencia de la manera que la prudencia sugiriera”.

 

En 1790, cuando la primera sesión del Primer Congreso asignó dinero para relaciones exteriores, la ley requería expresamente que el presidente “diera cuenta específicamente de aquellos gastos cuyo dinero, según su criterio, pudiera ser público, y también por la cantidad de esos gastos que pensara no fuera aconsejable especificar”. No demandaron que el Presidente Washington compartiera secretos de inteligencia con ellos. Y en 1818, cuando se produjo una disputa sobre una misión diplomática a América del Sur, el legendario Henry Clay dijo a sus colegas de la Cámara [de Representantes] que si la misión había sido pagada con el presupuesto de contingencias del presidente, no sería “una materia apropiada para investigación” por el Congreso.

 

 

Finalmente,

 

[p]or casi 200 años se había entendido por las tres ramas del gobierno que la recolección de inteligencia –especialmente en tiempo de guerra– era una prerrogativa exclusivamente presidencial, conferida al presidente por el artículo II, sección primera de la constitución. Washington, Madison, Jefferson, Hamilton, John Marshall y muchos otros reconocieron que la concesión del "poder ejecutivo" al presidente incluía el control de la recolección de inteligencia. No fue por casualidad que no hubiera ninguna provisión de supervisión del Congreso sobre asuntos de inteligencia en la ley de Seguridad Nacional de 1947.

 

 

Es evidente, especialmente en las últimas décadas, la tensión entre los legisladores demócratas y los sucesivos Ejecutivos republicanos por la conducción de la política exterior. Estos precedentes no son tenidos por relevantes por aquéllos, mientras que los Ejecutivos se apoyan en los mismos.

 

 

4  El “conflicto” entre AUMF y FISA. Autoridad supralegal, constitucional

 

El profesor Cass Sunstein, que no es precisamente un votante republicano, sino que es lo que suele definir como “progresista” y asesor de organizaciones como los ecologistas WWF, ha planteado [20] el hipotético caso extremo en que alguien tan significado como un autor de una declaración de guerra contra los EE UU (Mr. M. bin Laden) efectuase una llamada telefónica a una ciudad dentro de los EE UU (como Nueva York). ¿Puede en este caso el comandante en jefe escuchar la llamada? Para el profesor Sunstein, AUMF [9] da suficiente autorización. [Para algunos autores, es de sentido común que se escuche esa conversación, al margen de AUMF.]

 

¿Puede ocurrir que AUMF esté mal redactada y contradiga FISA? Esta es la tesis de algunos críticos. En todo caso, haría falta un análisis que establezca cuál prevalece, pero no necesariamente se debe anular AUMF por incompatibilidad con FISA. Más bien es argüible que AUMF, por ser más reciente, expresa un punto mejor que FISA el parecer del pueblo en este momento post-once de septiembre de 2001. También es verdad que la ley más específica, en caso de conflicto, suele tener más valor que la general, inespecífica, y AUMF es claramente más amplia y general que FISA.

 

La tesis del Ejecutivo es que no hay tal incompatibilidad. La ley federal (18 USC 2511(2)(f) [21]) establece que los procedimientos de vigilancia electrónica sólo serán los de dos capítulos (121 y 206) del título XVIII (ley criminal federal) y los de FISA. A su vez, en FISA, la sección 109 establece que son ilegales las escuchas, digamos, “salvo en lo autorizado por ley”, creando una excepción muy amplia, especialmente cuando se compara con las limitaciones del título XVIII (vid. 18 USC 2511(1) o 2511(2)(e)). La tesis del Ejecutivo sostiene que AUMF es una de esas otras legislaciones, como ya previó FISA al decir “salvo en lo autorizado por ley”, por analogía con 18 USC 4001(a) [22], que dice que ningún ciudadano de los EE UU será detenido por los EE UU “salvo según lo dispuesto por una ley del Congreso”.

 

Al final, el problema parece reducirse a la potencia de AUMF para incluir las vigilancias, registros, etc. Si AUMF autoriza que fuerzas militares entren en combate con fuerzas enemigas fanáticas, con la que es inevitable que haya víctimas mortales, puede dudarse de que la misma ley no permita la toma de prisioneros, despojarles de sus armas y otras pertenencias, que oficiales de inteligencia les interroguen en campos de prisioneros, y que se les vigile, escuche, etc. Bien, la Corte Suprema decidió en el caso Hamdi [23] que si AUMF permite entrar en combate con el enemigo, permite arrestar al mismo, incluso si es ciudadano de los EE UU, aludiendo, entre otras cosas, a que esto ha ocurrido también con ciudadanos durante la guerra de secesión. Como dice la Corte, a “la luz de estos principios, no tiene peso que AUMF no tenga disposiciones específicas de detención” de enemigos.

 

La posición del Ejecutivo es que AUMF permite la detención de enemigos y la escucha de sus comunicaciones, aun sin citarlas expresamente, porque son incidencias ligadas necesariamente a un conflicto armado (“inherentes al conflicto armado”, dicen algunas formulaciones).

 

Finalmente, si no hubiera tal autoridad conferida por una ley (AUMF), el Ejecutivo intentaría defender una autoridad supralegal, basada en la Constitución, quizá ayudado de las tensiones entre la judicatura y el Legislativo, que han sido tratadas recientemente de una forma que puede favorecer al Ejecutivo en esta disputa. Una habitual objeción de quienes no creen en los poderes de guerra del comandante en jefe (quienes, como [2], encuentran reprobable “recuperar los poderes del presidente erosionados desde la guerra de Vietnam y del Watergate”) es que la Constitución permite al Congreso no dirigir las acciones del Presidente cuando actúa como comandante en jefe dirigiendo militares, pero sí acotar los medios empleados por el Presidente para esos fines, sin llegar a anularlos.

 

Esta proposición, sin embargo, sería previsiblemente contraatacada por el Ejecutivo recurriendo a una reciente sentencia de la Corte Suprema que, en 2000 [24], estableció que una ley del Congreso no podía limitar una determinación de la Corte enraizada en la Constitución (“constitutionally based”) alegando que la intención del alto tribunal era proponer una regla “profiláctica” para auxilio del derecho a lo no incriminación (Quinta Enmienda). La Corte decidió (siete magistrados contra dos) que el caso Miranda v. Arizona [25], el del familiar “tiene derecho a guardar silencio”,

 

siendo una decisión constitucional de esta Corte, no puede en efecto ser anulada por una ley del Congreso

 

o, al final de la sentencia:

 

[el caso] Miranda fue el anuncio de una regla constitucional que el Congreso no puede anular legislativamente.

 

 

El Ejecutivo podría alegar, cuando el caso llegue a los tribunales, que, si unas garantías no escritas en la Quinta Enmienda deben entenderse como consustanciales con ella, con más motivo poderes especiales invocables en situaciones de conflicto armado y escritos en la Constitución no pueden ser limitados por una ley federal (en referencia a FISA). De todos modos, recurrir a consideraciones constitucionales sería una de las últimas cosas que intentaría cualquier abogado, así que es probable que no veamos debatir sobre esto en la Corte Suprema, especialmente en una era en la que la judicatura aumenta sus poderes constantemente, en competición con las ramas políticas del gobierno federal.

 

Incluso esto último no es contemplado con iguales ojos por los republicanos y demócratas de nuestros días, sino que es la muestra de un profundo desacuerdo. Para los demócratas, la expansión de la judicatura en detrimento de competencias tradicionalmente exclusivas de las ramas políticas del gobierno es la correcta expresión del carácter evolutivo, vivo, de la Constitución y la sociedad. La judicatura simplemente se hace eco de los cambios sociales, y así toma sus decisiones respecto a, por citar casos reciente, la pena de muerte, el matrimonio homosexual, aborto, medioambiente, derecho de propiedad, federalismo, religión, etc. Para los republicanos, la evolución de la ley se entiende como tarea de los parlamentos (el federal y los estatales) y los referenda populares en los estados de la Unión.

 

 

5  Limitaciones de Hamdi a los poderes del Ejecutivo

 

Aun suponiendo que la detención, vigilancia, etc., sea posible por la fuerza de la ley AUMF o por la fuerza de la Constitución, queda el problema de las limitaciones de la decisión de la Corte Suprema que hemos llamado “caso Hamdi”. En Hamdi se reconocen facultades al Ejecutivo en cumplimiento de AUMF, pero también se añaden nuevas limitaciones sobre los poderes del comandante en jefe aludiendo a las reglas del proceso debido (que es una regla de orden superior, constitucional). Estas limitaciones se podrían extender más allá de AUMF, afectando a la autoridad constitucional referida hace un momento. Según la Corte (Hamdi, [23]),

 

Con el reconocimiendo debido a las preocupaciones presentadas simultáneamente [prevenir la detención arbitraria y prevenir la vuelta del combatiente al auxilio del enemigo], creemos que ni el proceso propuesto por el [Ejecutivo] ni el proceso que aparentemente vislumbra la Corte de Distrito establecen el apropiado balance constitucional cuando un ciudadano de los EE UU es detenido en los Estados Unidos como combatiente enemigo.

 

 

El Ejecutivo, parece ser, incluso antes de Hamdi, desconociendo sus limitaciones, ha pensado que el programa de vigilancias no sobreviviría el escrutinio del Congreso y quizá de la judicatura sin algunas medidas. Aun siendo mucho menos gravosas las vigilancias para los derechos de las personas que la privación de la libertad, el Ejecutivo, de forma que el programa pudiese continuar el mayor tiempo posible mientras haya hostilidades:

 

 

 

 

Peter Turner y Jorge Mata, Atlantic-Pacific Alliance

 

 

Referencias

 

[1]  Límites para Bush. El País, editorial, jueves, 22 de diciembre de 2005, actualizado a las 22:40 h. http://www.elpais.es/articulo/elpporint/20051222elpepiopi_2/Tes

 

Límites para Bush 

 

El País  -  Opinión - 22-12-2005

 

El presidente Bush se equivocó de plano si creyó que su defensa televisada, el sábado, de las escuchas extrajudiciales a ciudadanos estadounidenses tras el 11-S iba a zanjar el escándalo. Por el contrario, ha aumentado la indignación por esta violación de la intimidad por parte de los servicios secretos y por órdenes directas de Bush, como él reconoció.

 

Congresistas demócratas y republicanos han manifestado su grave malestar con los intentos de la Casa Blanca para justificar esta vigilancia, que consideran claramente ilegal, y han solicitado una investigación parlamentaria. Cuando surgieron las primeras indicaciones de que se había producido un control muy extenso, cuando no masivo, de las comunicaciones privadas tras el 11-S, la reacción del Gobierno fue, como viene sucediendo, una huida hacia delante, reconociendo unos hechos previa justificación de los mismos por motivos de seguridad nacional. Todo indica que la Casa Blanca mantendrá esta estrategia, ya que rechaza cualquier investigación por la importancia para la seguridad nacional de la información que podría ser utilizada.

 

Está meridianamente claro que controlar las comunicaciones de un ciudadano de Estados Unidos en el interior del país sin autorización judicial previa es ilegal, según una ley de 1978. Esta disposición ha podido ser violada en innumerables ocasiones por las órdenes dadas por Bush sobre control de teléfonos y correo electrónico a ciudadanos sospechosos de tener vínculos con el terrorismo islámico, independientemente de su nacionalidad.

 

El líder demócrata Howard Dean, que ha denunciado los hechos como "abuso de poder", cree que EE UU necesita un presidente que garantice su seguridad, no un Gran Hermano. En la Casa Blanca parecen haber comenzado a calibrar la gravedad del problema y su difícil defensa. Se deja de insistir en la legalidad de la medida para destacar, como hizo ayer el vicepresidente Cheney, el amplio respaldo que suscita este tipo de medidas entre la ciudadanía. Sea o no cierto este extremo, resulta muy grave y quizá definitorio que Bush quiera protegerse con maniobras populistas ante lo que emerge como una transgresión de los límites, una violación de las leyes federales; o, dicho de otro modo, como un probable delito.

 

[2]  Lluís Bassets: La Edad Oscura. El País, jueves, 22 de diciembre de 2005, actualizado a las 22:39 h. http://www.elpais.es/articulo/elpporint/20051222elpepiint_3/Tes

 

La Edad Oscura

Lluís Bassets

El País  -  Internacional - 22-12-2005

 

Viene de muy lejos. De una larga y siniestra tradición asociada al poder absoluto sobre cuerpos y bienes por parte del soberano. Fue instrumento crucial de la Inquisición. Y herramienta preferida de todas las policías políticas. La Gestapo y la GPU, los milicos pinochetistas y nuestra Brigada Político-Social. Es una práctica milenaria como la guerra. También una vergüenza para quien la practica y para la sociedad que la acepta, además de un crimen contra la humanidad, abolida en todas las legislaciones civilizadas y condenada por todas las convenciones internacionales.

 

Pero así estamos, discutiendo los límites de la tortura, dando vueltas a las fronteras del dolor y de la resistencia física, sobre la legitimidad del maltrato que un ser humano puede infligir a otro para obtener información. Éste es el debate de Condoleezza Rice con los ministros de Exteriores europeos. El de los asesores de Bush con el senador John McCain, que ha conseguido de la Administración norteamericana un compromiso público y legal en contra de esta práctica inhumana. El que ocupa a muchos think tanks ahora mismo en Washington. O el que suscita el escándalo de Colin Powell, que da por sentada la complicidad de los Gobiernos europeos. (Por cierto: ¿y qué hay de verdad en ello?)

 

La montaña de evidencias es abrumadora. En forma de casos documentados, con fotos y vídeos, en Abu Ghraib o en Guantánamo, en cárceles secretas europeas o en mazmorras subarrendadas, en Siria o en Egipto. Y en forma de subterfugios y tretas legales, elaborados por abogados de la Administración norteamericana, para eludir el control y abrir espacios que la permitan. Primero fueron los limbos ajenos a toda ley donde se custodia por tiempo indefinido a detenidos sin ningún tipo de asistencia. Luego nuevas figuras seudojurídicas para sustraer a estos detenidos de la protección de cualquier tribunal y de cualquier legislación nacional e internacional: combatientes ilegales o sujetos sin Estado (stateles). Más tarde las entregas extraordinarias (extraordinary rentidions), que significan secuestrar a un individuo en un país y trasladarlo en secreto a otro donde se le pueda interrogar sin más límite que el que se imponga a sí mismo el interrogador. (Por cierto: nada tienen que ver, como ha sugerido Rice, con la entrega de un terrorista como Carlos el Chacal por Sudán a Francia y su enjuiciamiento con todas las garantías ante los tribunales franceses; ojalá todos los detenidos por Estados Unidos tuvieran la misma suerte).

 

Basta con leer lo que dicen tres abogados que trabajan o han trabajado para la Casa Blanca para darse cuenta de dónde estamos. David B. Rivkin Jr., por ejemplo, considera que el término tortura "es ambiguo por naturaleza, susceptible de definiciones subjetivas y determinadas por el contexto". Pero no tiene dudas sobre lo que le interesa que signifique: "Una conducta clara, no ambigua (con los detenidos), puede servir para obtener algunos aplausos de los europeos, pero cero información". "Por supuesto, los críticos de la Administración señalan de forma rutinaria que la tortura no funciona. La triste cuestión es que la tortura ha sido usada desde hace milenios y funciona".

 

John Choo Yoo defiende que los poderes del presidente como comandante en jefe alcanzan hasta el tipo de trato que se puede proporcionar a los detenidos enemigos. "Como abogado del Departamento de Justicia", ha dicho, "he trabajado y firmado un informe sobre la Convención de Ginebra y ayudé a elaborar el informe sobre la tortura. Puedo explicar por qué la Administración decidió que estas medidas agresivas, a pesar de que a veces son impopulares, son necesarias para proteger a América de otro ataque terrorista".

 

Bradford A. Berenson justifica los poderes excepcionales del presidente en que estamos en guerra, una guerra auténtica que constituye una "amenaza existencial" y "nos conduce a una nueva Edad Oscura". Consecuencias: "La guerra exige un marco legal totalmente distinto al que estamos acostumbrados". "Cuando estamos en guerra contemplamos el riesgo para los inocentes de forma totalmente distinta". "En tiempo de guerra hay que dar todos los poderes al ejecutivo". "No podemos judicializar la conducción de la guerra. Sería un desastre absoluto".

 

El vicepresidente Dick Cheney acaba de rubricar todo esto: se trata de recuperar los poderes del presidente erosionados desde la guerra de Vietnam y del Watergate. Lo prueba el último escándalo, el de las escuchas telefónicas sin control ni judicial ni parlamentario. Bush y Rice nos dicen que Estados Unidos es un país que no tortura. ¿Basta con su palabra? ¿Quién les va a creer a partir de ahora? ¿No nos están llevando ya a una Edad Oscura?

 

 

[3]  James Risen, Eric Lichtblau: Bush Lets U.S. Spy on Callers Without Courts. The New York Times, December 16, 2005. http://www.nytimes.com/2005/12/16/politics/16program.html

 

[4]  Departamento de Estado, Constitución de los EE UU. http://usinfo.state.gov/usa/infousa/facts/funddocs/constes.htm

 

[5]  Alexander Hamilton: The Federalist no. 74 (The Command of the Military and Naval Forces, and the Pardoning Power of the Executive). New York Packet, Tuesday, March 25, 1788. http://www.constitution.org/fed/federa74.htm

 

Of all the cares or concerns of government, the direction of war most peculiarly demands those qualities which distinguish the exercise of power by a single hand.

 

 

[6]  The Prize Cases. 67 US 635, 668 (1863). http://www.justia.us/us/67/635/case.html

 

[7]  Campbell v Clinton, 203 F.3d 19, 27 (DC Circuit, 2000). http://pacer.cadc.uscourts.gov/common/opinions/200002/99-5214a.txt

 

[8]  War Powers Resolution: 50 USC 1541(c). http://uscode.house.gov/uscode-cgi/fastweb.exe?getdoc+uscview+t49t50+1762+0++

 

(c) Presidential executive power as Commander-in-Chief; limitation

 

The constitutional powers of the President as Commander-in-Chief to introduce United States Armed Forces into hostilities, or into situations where imminent involvement in hostilities is clearly indicated by the circumstances, are exercised only pursuant to (1) a declaration of war, (2) specific statutory authorization, or (3) a national emergency created by attack upon the United States, its territories or possessions, or its armed forces.

 

[9]  Senate Joint Resolution 23: A joint resolution to authorize the use of United States Armed Forces against those responsible for the recent attacks launched against the United States. Pub. L. No. 107-40, 115 Stat. 224 (2001). The AUMF was approved by both houses of Congress on September 14, 2001, and signed by the President on September 18, 2001. http://thomas.loc.gov/cgi-bin/bdquery/z?d107:SJ00023:|TOM:/bss/d107query.html|

 

[10]  In Re: Sealed Case No. 02-001. United States Foreign Intelligence Surveillance Court of Review, 2002. 310 F. 3d 717. http://www.law.syr.edu/faculty/banks/terrorism/FISCRedit022003.pdf

 

[11]  Youngstown Co. v. Sawyer, 343 U.S. 579 (1952). http://www.justia.us/us/343/579/case.html

 

[12]  Chimel v. California, 395 U.S. 752 (1969). http://www.justia.us/us/395/752/case.html

 

[13]  Terry v. Ohio, 392 U.S. 1 (1968). http://www.justia.us/us/392/1/case.html

 

[14]  McDonald v. United States, 335 U.S. 451 (1948). http://www.justia.us/us/335/451/case.html

 

[15]  Carroll v. United States, 267 U.S. 132 (1925). http://www.justia.us/us/267/132/case.html

 

[16]  Cornell University: US Code, Title 50, chapter 36. http://www4.law.cornell.edu/uscode/50/ch36.html

 

[17]  United States v. United States District Court, 407 U.S. 297 (1972). http://www.justia.us/us/407/297/case.html

 

(a) The Government's duty to safeguard domestic security must be weighed against the potential danger that unreasonable surveillances pose to individual privacy and free expression. Pp. 314-315.

 

(b) The freedoms of the Fourth Amendment cannot properly be guaranteed if domestic security surveillances are conducted solely within the discretion of the Executive Branch without the detached judgment of a neutral magistrate.

 

 

[18]  Fidel Castro critica la forma de matar a Al Zarqaui. Europa Press, lunes, 12 de junio de 2006. http://www.europapress.es/europa2003/noticia.aspx?cod=20060610173502&tabID=1&ch=69

 

[19]  Robert F Turner: FISA vs. the Constitution. The Wall Street Journal, December 28, 2005; page A14. http://online.wsj.com/article/SB113573858850532715.html

 

[20]  Cass Sunstein: Presidential Wiretapping: Disaggregating the Issues. Blog, Chicago Law School, Dec 20, 2005. http://uchicagolaw.typepad.com/faculty/2005/12/presidential_wi_1.html

 

[21]  Cornell University: 18 USC 2511. http://www.law.cornell.edu/uscode/search/display.html?terms=2511&url=/uscode/html/uscode18/usc_sec_18_00002511----000-.html

 

[22]  Cornell University: 18 USC 4001. http://www.law.cornell.edu/uscode/search/display.html?terms=4001&url=/uscode/html/uscode18/usc_sec_18_00004001----000-.html

 

[23]  Hamdi et alii v. Rumsfeld, Secretary of Defense, et al. 542 U.S. 507 (2004). http://www.justia.us/us/542/507/case.html

 

[24]  Dickerson v. United States. 530 U.S. 428 (2000). http://www.justia.us/us/530/428/case.html

 

[25]  Miranda v. Arizona, 384 U. S. 436. http://www.justia.us/us/384/436/case.html

 

[26]  United States v. Truong Dinh Hung, 629 F.2d 908 (4th Cir. 1980): allowing admission of evidence gathered under reasonable warrantless

searches, but disallowing evidence gathered after the primary purpose of the investigation became criminal in nature.

 

[27]  Press Briefing by Attorney General Alberto Gonzales and General Michael V Hayden, Principal Depute Director of National Intelligence. The White House - James S. Brady Briefing Room, December 19, 2005 – 8:30 A.M. EST. http://www.odni.gov/release_letter_121905.html

 

 

 

Bibliografía

 

[]  Alexander Hamilton: The Federalist no. 70 (The Executive Department Further Considered). Independent Journal, Saturday, March 15, 1788. http://www.constitution.org/fed/federa70.htm

 

That unity is conducive to energy will not be disputed. Decision, activity, secrecy, and despatch will generally characterize the proceedings of one man in a much more eminent degree than the proceedings of any greater number; and in proportion as the number is increased, these qualities will be diminished. [Alexander Hamilton, The Federalist no. 70, 1788]

 

The idea of a council to the Executive, which has so generally obtained in the State constitutions, has been derived from that maxim of republican jealousy which considers power as safer in the hands of a number of men than of a single man. If the maxim should be admitted to be applicable to the case, I should contend that the advantage on that side would not counterbalance the numerous disadvantages on the opposite side. But I do not think the rule at all applicable to the executive power. I clearly concur in opinion, in this particular, with a writer whom the celebrated Junius pronounces to be "deep, solid, and ingenious," that "the executive power is more easily confined when it is ONE";[2] that it is far more safe there should be a single object for the jealousy and watchfulness of the people; and, in a word, that all multiplication of the Executive is rather dangerous than friendly to liberty. [Alexander Hamilton, The Federalist no. 70, 1788]

 

 

[]  Curtis A Bradley and Jack L Goldsmith: Congressional Authorization and the War on Terrorism. Harvard Law Review, May, 2005. http://www.harvardlawreview.org/issues/118/May05/Bradley_Goldsmith01FTX.pdf

 

[]  Prepared Remarks for Attorney General Alberto R. Gonzales at the Georgetown University Law Center. January 24, 2006. http://www.usdoj.gov/ag/speeches/2006/ag_speech_0601241.html

 

And for as long as electronic communications have existed, the United States has conducted surveillance of those communications during wartime—all without judicial warrant. In the Civil War, for example, telegraph wiretapping was common, and provided important intelligence for both sides. In World War I, President Wilson ordered the interception of all cable communications between the United States and Europe; he inferred the authority to do so from the Constitution and from a general congressional authorization to use military force that did not mention anything about such surveillance. So too in World War II; the day after the attack on Pearl Harbor, President Roosevelt authorized the interception of all communications traffic into and out of the United States. The terrorist surveillance program, of course, is far more focused, since it involves only the interception of international communications that are linked to al Qaeda or its allies.